500 años de la muerte de Da Vinci: Experto en todo

El 2 de mayo se cumplen cinco siglos de la muerte del genio del Renacimiento. Arquitecto, botánico, anatomista, inventor y urbanista, el creador de “La Gioconda” es una figura que impregna el presente y la cultura popular contemporánea.

Fuente: lavoz.com.ar

 

u obra más conocida es el retrato de una mujer. Verla, sacarle una foto y subirla a la web es una obligación para todo visitante del Museo del Louvre, aunque son pocos los que logran acercarse y apreciarla sin tener por delante una multitud de cabezas y brazos elevados.

 

El fotógrafo inglés Martin Parr captó la escena de manos en alto y celulares tratando de registrar el cuadrito a lo lejos, lo que suele ser la experiencia de contacto más común con la Mona Lisa.

 

Muchos piensan que es un cuadro grande. Se trata de una tabla de madera de álamo de 77 x 53 centímetros. Su valor es incalculable. Lo que sí se ha podido determinar es el número de claquelures (pequeñísimas rajaduras) que agrietan la imagen, que asciende a medio millón. Es lo que el tiempo le añade al arte a través de los siglos.

 

Leonardo Da Vinci comenzó a pintarla en 1503 y pasó años realizando pequeños avances. Se la llevó consigo cuando abandonó Italia para siempre. La obra fue hallada en el taller del artista tras su muerte, el 2 de mayo de 1519, inconclusa.

 

El cuadro más caro

Otra de sus obras se transformó recientemente en el cuadro más caro de la historia. Salvator Mundi, una tabla de madera de nogal de 45 x 65 centímetros, es un retrato de Jesucristo por el cual la sede del Louvre de Abu Dabi pagó, en una subasta, 450 millones de dólares. Un poco menos de lo que demandó construir la franquicia del museo francés en el emirato árabe.

 

La obra de arte más famosa del mundo y la pintura más costosa fueron iniciadas por Da Vinci con pocos años de diferencia.

 

Se han escrito miles de páginas sobre la identidad de la mujer que posó para el retrato, en sesiones supuestamente animadas por músicos y bufones que debían desviar su tedio hacia la semisonrisa que luce actualmente la dama. La versión clásica, afirmada por la mayoría de los especialistas, dice que se trata de Lisa Gerhardini, desposada a los 15 por Francesco Bartolomeo del Giocondo, un mercader de telas de Florencia que encargó el cuadro y cuyo apellido dotó a la pintura del otro nombre con que se la conoce, La Gioconda. La pata chismosa del caso (la vida de Leonardo está minada de literatura e hipótesis más o menos fantasiosas) sostiene que el modelo puede ser una mujer pero que el cuadro sería asimismo un homenaje encriptado a Salai, discípulo, ayudante con fama de díscolo y, probablemente, uno de los amantes del pintor.

 

Los biógrafos acuerdan en que Leonardo era gay (al igual que su eterno rival, Miguel Ángel, quien ganó la pulseada para pintar la capilla Sixtina), un dato al cual no le otorgan más importancia que a otros hechos comprobados, como que era hijo ilegítimo de un noble y de una esclava de origen árabe, zurdo, ecologista avant la lettre y vegetariano. Un verdadero inadaptado, según el escritor Walter Isaacson.

El retrato de Cristo como salvador del mundo está envuelto en una polémica más explosiva que la discusión sobre la sexualidad del artista o sobre quién es la Mona Lisa. Basta pensar en la cifra que se destinó para comprarlo y en la discusión abierta sobre la autoría, que podría arrastrar al Louvre hacia un papelón mundial.

 

Jacques Frank, estudioso del legado de Leonardo y asesor del museo parisiense en materia de restauración, sostiene que Salvator Mundi es el digno trabajo de alguno de los aprendices de Da Vinci. Para los franceses, es casi un asunto de estado. El mismísimo presidente Emmanuel Macron habría sido advertido del error de atribuirle el cuadro a Leonardo.

 

Entre quienes niegan que Da Vinci sea el autor de la pintura está también Frank Zöllner, historiador del arte y perito, quien le aseguró al diario El País de Madrid que Salvator Mundi es “un producto de alta calidad del taller de Leonardo” o, peor aún, de un seguidor posterior.

Las últimas noticias están adornadas de cierta alarma. Tras su compra, la pintura no ha sido exhibida y no se sabe dónde está. El Louvre quiere mostrarla junto a un amplio conjunto de obras de Leonardo en noviembre, para conmemorar al genio a 500 años de su muerte, pero nadie se anima a firmar su autenticidad.

 

Según los expertos, las pinturas que se pueden atribuir con seguridad a Da Vinci son alrededor de 20. El número asciende a 31 si se consideran las obras en las que habría tenido participación o que fueron realizadas de manera colectiva en su taller, por ejemplo el retrato conocido como La Gioconda del Prado, una pintura “melliza” que resguarda el museo madrileño, de medidas idénticas y casi tan original como la que se puede ver en el Louvre tras un vidrio blindado.

 

Renacentista

Si bien la fama como artista es enorme y en cierto modo abrumadora, Leonardo fue además arquitecto, botánico, anatomista, filósofo, ingeniero, inventor, músico, urbanista y poeta. Sus dotes de escritor quedaron reflejadas en unas siete mil páginas anotadas en cuadernos, desmembrados y reconstituidos en diversos códices, uno de los cuales está en manos del magnate Bill Gates.

 

Fue la máxima expresión del humanismo renacentista, un hombre superdotado en (casi) todo lo que se propusiera, aunque su afán experimentador lo condujo a cometer enormes y hermosos errores. El caso de La última cena, otra de sus obras archifamosas, origen de leyendas y ficciones, es paradigmático.

 

El mural que se puede apreciar en la iglesia Santa Maria delle Grazie, en Milán, acusa un deterioro ocasionado por el paso de los siglos, pero hubo fallas técnicas desde su concepción. Da Vinci trabajó sobre una pared que estaba en muy mal estado por la humedad y además combinó pintura al óleo con pigmentos que se diluyen con agua y yema de huevo (temple). El experimento comenzó a mostrar que era un fracaso de magnitud al poco tiempo de ser terminado, en 1498.

 

 

Leonardo nació el 15 de abril de 1452, en Vinci (Florencia, Italia), y murió el 2 de mayo de 1519 en el Castillo de Amboise, en Francia, hace 500 años. Una versión imposible de confirmar cuenta que Francisco I lo tenía en sus brazos en el momento del último suspiro. Lo que sí se sabe es que el rey de Francia accedía a todos los pedidos del pintor, y que lo apreciaba sobre todo por sus dotes artísticas, su profundidad como pensador y su calidad humana, de la cual hay numerosos testimonios.

 

Arte, ciencia y cultura

La convicción de que no se puede entender su arte sin su ciencia rige las páginas de Todo lo que necesitás saber sobre Leonardo Da Vinci (Paidós), un libro de Héctor Pavón y Mercedes Ezquiaga que rinde honores a la tradición divulgativa y que salió hace unas semanas, en vísperas del aniversario redondo.

Los autores del volumen repasan una cantidad asombrosa de inventos, creaciones y estudios que hacen de Leonardo un creador determinante del mundo que vivimos.

Aunque se le pueden atribuir convicciones pacifistas, como científico Da Vinci desarrolló prototipos de máquinas de guerra como el tanque, la ballesta gigante y el mortero de 33 cañones.

La gran ballesta

La gran ballesta

Diseñó, asimismo, el esbozo de un paracaídas. Prefiguró el planeador, la máquina voladora conocida como el “ornitóptero” (inspirado en aves y murciélagos), un artefacto para medir la velocidad del viento, un vehículo similar a un automóvil de madera y hasta un equipo de buceo que incluía una máscara y un traje de cuero.

Junto a sus inventos y sus estudios de biología y anatomía, Leonardo atravesó los siglos como un gran imaginador del presente. No existe, por otra parte, otra figura de ese tiempo que haya penetrado con tanta fuerza la cultura popular contemporánea. Ya sea como personaje, o como inspirador de obras basadas en sus creaciones artísticas y tecnológicas, su presencia es ubicua.

Nos cruzamos con Leonardo en una boutade del iniciador del arte conceptual como Marcel Duchamp, cuya Mona Lisa con bigotes podría considerarse el origen de miles de memes en los que la dama florentina aparece rapada, sin dientes o vistiendo la camiseta de Francia tras ganar el Mundial, o en expresiones del pop art como Treinta son mejor que una, la imagen serigrafiada mediante la cual Andy Warhol elevó a La Gioconda al rango de íconos visuales como Marilyn Monroe.

Ninjas y panteras

Los productos de entretenimiento y la literatura también abrevan en el renacentista, desde Las Tortugas Ninja (cuyos integrantes llevan el nombre de los cuatro pintores más conocidos del período, comandados por Leonardo), la decepcionante serie televisiva Da Vinci’s Demmons y el best seller El código Da Vinci de Dan Brown, un fenómeno que saltó de los libros al cine, hasta Valfierno, la novela de Martín Caparrós que sigue la historia del tránsfuga argentino vinculado al robo de la Mona Lisa en 1911.

Incluso en El show de la Pantera Rosa, recuerdan Pavón y Ezquiaga, hay un episodio denominado “Da Vinci Rosa”. Durante poco más de seis minutos, la Pantera y su eterno antagonista, caracterizado como Leonardo, se disputan la pincelada final sobre La Gioconda y cómo pintar su boca: ¿sonrisa o rictus de tristeza? Hace 500 años que se busca esa respuesta.

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